lunes, 16 de abril de 2012

Vivir como si fuera la primera y última vez



Me habían engañado, otra vez. Aquello no era un autobús, aquello era un elefante con ventanas y ruedas. Cuando se abrió la puerta me asaltaron muchas voces mezcladas con las vocinas que cantaban los coches traseros ¿ cómo podían soportar los adultos tanto ruido? He de reconocerlo: tanta gente pegada me daba un poco de miedo, así que me cojí a la mano de mamá. De repente una chica que aguantaba una gigante maleta se levantó de su asiento y le dijo a mamá que me sentara. "Dale gracias a la chica, Marcos". Era el precio que tenia que pagar por dejarme subir en autobús. "¿ Cuantos años tienes ,Marcos? Dos. "Alaaa, pero ¡que mayor!", "Es la primera vez que viaja en autobús" Miré por la ventana, fue como esos sueños que por la noche no me dejan dormir y me despiertan: luces cambiando de color una detrás de otra. ¿Las personas se mueven o sólo lo hace el autobús, o lo hacemos los dos? ¿Esas líneas blancas de la carretera se tienen patas? ¿Si el autobús puede ir tan rápido, por qué se para de cuando en cuando?



" Y ¿A dónde vas, Marcos?" " Vamos al hospital, a ver al abuelito". ¡Cuantas cosas tenía que contarle al abuelito! Ahora que ya había subido en autobús era mayor de verdad. La próxima vez subiré con él. Siguió mirando por la ventana. Nunca había sentido algo así, creo que es eso que los adultos llaman libertad.



¡Vaya, otra vez con retraso! Tendré que retrasar el reloj para ir al ritmo cronológico del transporte público. Por fin, el autobús se detuvo ferozmente delante de la parada. ¡Pero , Paco! ¿Qué es lo que te pasa? ¿Ya vuelves a estar borracho? No grite tanto señor Martinez , que no es para tanto. Colocó el bastón en un tímido rincón desde el cual no molestaba a nadie. Mientras el conductor le deleitaba con la conversación contemporánea por excelencia: la crisis (servicio que se incluye en la tarifa del bonobús), el señor Martinez prefiró dedicar su mirada al paisaje urbano. Desde el movimiento comenzó a redescubrir aquellos rincones dormidos de su ciudad. ¡Cómo había cambiado todo aquello! Había conocido la urbe en todos sus tamaños y colores, y aunque le costaba trabajo reconocerlo, por mucha gravilla que desprendieran las bombas, mucho bajos que inundaran las lluvias , y muchas pintadas protestonas que dibujaran las paredes, aquella ciudad le seguía pareciendo la más caóticamente bella. Sintió un zumbido repentino. Cerró los ojos. Al abrirlos su bastón dormía a su lado. Estaba manchado. ¡ SÉÑOR MARTÍNEZ! ¡NO SE MUEVA! Desde el suelo del autobús podía ver el exterior a través de la ventana. Habían cortado la calle. Era la primera vez que hacía que cortaran la calle.



Ya tenía una nueva aventura que contarle al pequeño. Seguro que Marcos se sentiría orgulloso.




¿Recordaís la primera vez que subisteis en tren o en avión, vuestra primera película, o vuestra primera lectura o el primer helado, o esa mirada que os quitaba el sueño? ¿A qué el corazón se os aceleró y convertisteis ese momento en una experiencia única?



La redundancia desprendida por la cotidianeidad resulta monótona. Pero esta monotonía desparece por primera vez y última. Es la magia de los límites.



Os propongo un juego y a la vez un reto a la fragilidad de la vida: Vivir cada momento cómo si fuera el primero y el último.












2 comentarios:

Rincón del caracol dijo...

Clara, pásate por mi blog... hay algo para ti.

Juanjo dijo...

Lo intento Clara,lo intento....a veces no es facil
Besos